○ Para divertirse, para jugar con las palabras: combinarlas, romperlas, ordenarlas y desordenarlas.
○ Para ser eterno.
○ Para comprenderse a uno mismo. Porque verbalmente no se consigue decir lo que se desea o se siente. Además, lo escrito se puede rectificar; lo oral, no.
○ Para corregir la vida de uno.
○ Para completar o inventar los mundos que deseábamos tener y no tuvimos. Reconstruimos en la página lo que no hemos podido vivir.
○ Para comunicarnos. En este sentido, se inplica al lector. Suele suceder que un relato, un poema, una parábola, le revelan al lector algo que para él mismo permaneció oculto hasta el momento de la lectura.
○ Para resolver conflictos. Escribir es una actividad semejante a soñar. Contaba Freud, cuando investigaba el mundo de los sueños, que había una vez un pueblo en el que todos los hombres estaban enamorados de la misma mujer. Hasta que un día, uno de ellos, un hombrecillo diminuto amaneció diciendo que se sentía liberado de esa obsesión. Al indagar sus vecinos cómo lo había conseguido, les contó que esa noche había soñado que la mujer lo amaba. Así fue como el hombrecillo resolvió el conflicto. Idénticos resultados se pueden obtener escribiendo.
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