La noticia de la
muerte de la vieja llego como un baldazo de agua fría para mí, aunque mi
familia lo recibió con mucho fervor y alegría.
Sacaron a relucir los trapitos sucios ocultos durante tantos años, y si nunca sonaba el teléfono en nuestra casa, aquel día sonó millares de veces.
Sacaron a relucir los trapitos sucios ocultos durante tantos años, y si nunca sonaba el teléfono en nuestra casa, aquel día sonó millares de veces.
Hasta llegue a
pensar, que la vieja había deseado morir con mucho más entusiasmo que lo que
las tías Cleta y Amanda deseaban. Llamaban todos los días, para ver como se
encontraba: “peor que ayer”, era la respuesta acongojada de mi madre y una
risita se oía detrás del teléfono.
Tío Sancho, jamás
se había preocupado por la salud de su madre. Pero las malas noticias vuelan,
en cuanto se enteró llamó a mi madre desesperado para saber cuando iba a ser
“la repartija” de los bienes.
Tío Vito, perdido
en alguna aldea de la bella Italia, informó en un castellano dudoso que su
vuelo partiría al día siguiente.
Y así, después de
un velorio en el cual tía Amanda fumó como escuerzo, y ante la distracción del
resto tiraba las cenizas dentro del ataúd. La vieja, quizás, pudo descansar en
paz en algún lugar desconocido, donde ninguno de los buitres de sus hijos la
molestara.