La noche lluviosa de Julio parece un presagio de los acontecimientos
pasados, un shock emocional de las generaciones venideras, una lámpara a punto
de quemarse, el último rayo de luz del día, una hoja de cuaderno arrancada, una
señal de la existencia.
Parece que tu presencia se aviva en mis pupilas y en el último lugar del
mundo donde pensaba encontrarte, te encuentro. Rara… como encendida te hallé bebiendo linda y fatal… Y son estos
instantes donde la lógica se desvanece, similar a un discurso político o un
milagro del “mas allá”, donde se vislumbran todos los recuerdos de tu vida y
donde… pena me dio encontrarte.
Me mirás. Ya no puedo intentar, distraídamente, no sentir tu cuerpo en el
lugar, tus ojos brillantes, tu melena al viento. ¿Cuántas veces me perdí en tus
caderas? ¿Cuántas veces te absorbí todo lo que quise? ¿Cuántas? Pero el destino
ponzoñoso insiste en encontrarte acá, en el recóndito lugar que elegí para
olvidarte. Debe ser que las conexiones se inician una sola vez, ¿no?, ¿así era
tu frase?
Desdoblás las piernas, enredas tu bucle, escondés la mirada tus bellos ojos que tanto adoré… y terminás invitándome o
invitándote a llorar juntos. Esta noche,
amiga mía, el alcohol nos ha embriagado. Reís, llorás, gritás y volvés a
empezar, yo simplemente te acompaño. ¡Que
me importa que se rían y nos llamen los mareados!
Pienso en las casualidades, en cómo evitar situaciones perdidas entre los
vasos de ginebra, en tus problemas eternos que también son míos y que nadie nos
puede quitar. Cada cuál tiene sus penas y
nosotros las tenemos. Pienso que los años no nos han servido de mucho y que
la madurez parece ahogarse en las botellas. Pero bueno, después de todo… esta noche beberemos porque ya no volveremos
a vernos más.
Las agujas del reloj corren la maratón de las olimpíadas y la aparición del
cartel “cerrado” hace eco en nuestras retinas. Hoy vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida. No quiero
que se termine, no todavía. Tres cosas
lleva mi alma herida: amor… pesar… dolor… Te levantás y te quedás tiesa sin
saber qué hacer. No puedo besarte, no lo permitirías. Hoy vas a entrar en mi pasado y hoy nuevas sendas tomaremos. Aunque
quizás, nuestra historia lo merezca ¿verdad?
Te desintegraste como un copo de nieve y me veo absorto en sensaciones
paralelas. En el perfume de tus manos, el hueco de tu pecho, en los momentos
compartidos, en las noches juntos, en las peleas, en los vidrios rotos, en los
maquillajes corridos, en las puertas cerradas. ¡Qué grande ha sido nuestro amor!... Y sin embargo, ¡ay!, mirá lo que
quedó…
Julieta
11/07/2013
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