Greta se mira al
espejo por centésima vez. No, ese vestido no lo queda bien, le hace la espalda
muy ancha. La pollera pantalón tiene la cintura más alta, que le acorta el
talle. No, no va. La pollera mini a cuadros, tampoco; le queda re corta y
además le ajusta las caderas y le hace las piernas más gordas.
Abandona el ante
baño, que usa de probador, y se rebulle en la cama con aspecto fastidiado.
Siempre lo mismo, no encuentra algo correcto para la ocasión aunque tenga el
placard atiborrado de ropa. Respira. Inhala y exhala con parsimonia, intenta
serenarse y lo logra. De fondo, suenan los retazos de la última canción de ese casette
que tanto le gusta; entonces se levanta convencida de que en las trescientas
veintisiete veces que lleva abriendo los cajones encuentre, finalmente, algo
que le agrade. Parece que tuvo éxito,
porque extrae un mini vestido blanco con
flores rojas totalmente arrugado, pero que le convina muy bien con los zapatos
de taco alto y un cordón a la cintura. Mira la hora, debe apurarse.
Filomena está
silbando su canción preferida de Armando Manzanero, con los ruleros en la
cabeza y colgando la ropa de Ivancito en la terraza. Escucha a Pipo ladrar
desenfrenadamente y decide asomarse para ver qué lo inquieta. La ve a Greta,
cerrando la puerta del pasillo, producida y revocada, que le destina una mirada
ni muy amable ni muy antipática. Filo se pregunta a dónde diablos irá la
vinagreta con tanto taconeo y revoleo de cadera. Baja las escaleras casi
volando, Pipo le sale al encuentro queriendo morderle los tobillos. Lo saca de
encima como puede, se le escapa alguna que otra patada, que aprovecha para
cobrarse una cuantas ahora que Ivancito no la ve; y cuando logra llegar al
comedor marca el número que ya conoce de memoria.
Carlo escucha, atento,
sigiloso, sin decir mucho, como es su costumbre. “Si no es necesario, no digas
nada” o “¿Para que gastar agua y jabón en el burro?”. Corta la comunicación,
así, sin más. Dejando a Filomena con la inquietud de si el mensaje llegó a
destino o lo escucho el aire, poco le importa. Las cuentas con la Filo se
finiquitan por las noches, ya habrá tiempo para eso. Agarra su saco, su bastón
y su sombrero; sale a la calle sin darle explicaciones a nadie. Presiente, casi
como una certeza, que este día cambiará las cosas para siempre.
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