lunes, 20 de enero de 2014

Greta se mira al espejo por centésima vez. No, ese vestido no lo queda bien, le hace la espalda muy ancha. La pollera pantalón tiene la cintura más alta, que le acorta el talle. No, no va. La pollera mini a cuadros, tampoco; le queda re corta y además le ajusta las caderas y le hace las piernas más gordas.
Abandona el ante baño, que usa de probador, y se rebulle en la cama con aspecto fastidiado. Siempre lo mismo, no encuentra algo correcto para la ocasión aunque tenga el placard atiborrado de ropa. Respira. Inhala y exhala con parsimonia, intenta serenarse y lo logra. De fondo, suenan los retazos de la última canción de ese casette que tanto le gusta; entonces se levanta convencida de que en las trescientas veintisiete veces que lleva abriendo los cajones encuentre, finalmente, algo que le agrade.  Parece que tuvo éxito, porque extrae  un mini vestido blanco con flores rojas totalmente arrugado, pero que le convina muy bien con los zapatos de taco alto y un cordón a la cintura. Mira la hora, debe apurarse.
Filomena está silbando su canción preferida de Armando Manzanero, con los ruleros en la cabeza y colgando la ropa de Ivancito en la terraza. Escucha a Pipo ladrar desenfrenadamente y decide asomarse para ver qué lo inquieta. La ve a Greta, cerrando la puerta del pasillo, producida y revocada, que le destina una mirada ni muy amable ni muy antipática. Filo se pregunta a dónde diablos irá la vinagreta con tanto taconeo y revoleo de cadera. Baja las escaleras casi volando, Pipo le sale al encuentro queriendo morderle los tobillos. Lo saca de encima como puede, se le escapa alguna que otra patada, que aprovecha para cobrarse una cuantas ahora que Ivancito no la ve; y cuando logra llegar al comedor marca el número que ya conoce de memoria.
Carlo escucha, atento, sigiloso, sin decir mucho, como es su costumbre. “Si no es necesario, no digas nada” o “¿Para que gastar agua y jabón en el burro?”. Corta la comunicación, así, sin más. Dejando a Filomena con la inquietud de si el mensaje llegó a destino o lo escucho el aire, poco le importa. Las cuentas con la Filo se finiquitan por las noches, ya habrá tiempo para eso. Agarra su saco, su bastón y su sombrero; sale a la calle sin darle explicaciones a nadie. Presiente, casi como una certeza, que este día cambiará las cosas para siempre.

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