En los sendos caminos del ayer tu rostro resplandece como una figura constante, como una maldición sin fin de mi pesadumbre, como el agridulce recuerdo de encontrarte.
Perecería que aquel amor persiste, tímido y sagaz en el espacio del olvido, en el contorno del sufrimiento, en el repentino amanecer de mi intranquilidad.
Tu nombre, tus ojos, tu boca, un paraíso en el desierto, una tiza rota, una tallo cortado, una florecilla blanca, una mirada eterna.
Y vuelves a mi, a pesar del tiempo, a pesar de los años, a escandalizar todas tus ausencias, todas mis penurias, todas las tentaciones pasadas.
Quizás, un presagio del destino, una pluma olvidada, un lugar redondo, vacío y oscuro; que te nombra.
Tan lejano escrito y tan real hoy.
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