Intuyo ahora, una
década después, los pequeños grandes momentos donde además de vivir comencé a
aprender. Y parecen tan simples, tan pequeños, que nunca antes me había
detenido a pensarlos en profundidad.
La misa familiar
consiste en concurrir todos los domingos, a veces hasta como un castigo divino,
al campo de mis abuelos. El mismo campo donde una y otra vez corretee por el
pasto, jugué a la pelota, a la mancha, a las carreras y a todos esos juegos que
a uno se le ocurren cuando tiene el alma pura, purísima, por la inocencia misma
de los infantes. Es allí donde descubrí el significado y la importancia de la
libertad, porque no hay una libertad más verdadera que la que uno experimenta
cuando no se puede atar los cordones, ni llega a la altura de la mesa. La misma
que vamos perdiendo con el tiempo, con las responsabilidades, con los años.
En aquel campo,
también descubrí el inconfundible aroma al asado de mi abuelo, su perfume a
ladrillos huecos, cal y arena. Donde una y otra vez me regodee construyendo
magnificas ciudades con los Rasti, invadida de personajes que contaban
historias y cobraban vida con el impulso mismo del aire, con mis manos y las de
mi abuelo.
Aprendí también
la belleza y la dureza del barro, ingrediente primordial para la elaboración de
tortas y otros manjares exquisitos, decorados con flores silvestres, servidos
en la rusticidad de una hoja caída del árbol.
Forjé en mi
inconsciente la certeza de jugar a lo que hoy elijo, con incontables cantidades
de alumnos invisibles, cuadernos, tizas, pizarrones, actividades y
canciones.
Así, con el aire
envolviéndome el pelo, con el sol reflejándome en la cara, con las manos
manchadas de barro y tiza y la definida educación de mi madre docente es que
comencé a leer el mundo, mi mundo, y a construir un futuro inconsciente, el
mismo que intuyo ahora, una década después.
gracias por invitarme a tu mundo
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