domingo, 1 de junio de 2014

Intuyo ahora, una década después, los pequeños grandes momentos donde además de vivir comencé a aprender. Y parecen tan simples, tan pequeños, que nunca antes me había detenido a pensarlos en profundidad.
La misa familiar consiste en concurrir todos los domingos, a veces hasta como un castigo divino, al campo de mis abuelos. El mismo campo donde una y otra vez corretee por el pasto, jugué a la pelota, a la mancha, a las carreras y a todos esos juegos que a uno se le ocurren cuando tiene el alma pura, purísima, por la inocencia misma de los infantes. Es allí donde descubrí el significado y la importancia de la libertad, porque no hay una libertad más verdadera que la que uno experimenta cuando no se puede atar los cordones, ni llega a la altura de la mesa. La misma que vamos perdiendo con el tiempo, con las responsabilidades, con los años.
En aquel campo, también descubrí el inconfundible aroma al asado de mi abuelo, su perfume a ladrillos huecos, cal y arena. Donde una y otra vez me regodee construyendo magnificas ciudades con los Rasti, invadida de personajes que contaban historias y cobraban vida con el impulso mismo del aire, con mis manos y las de mi abuelo.
Aprendí también la belleza y la dureza del barro, ingrediente primordial para la elaboración de tortas y otros manjares exquisitos, decorados con flores silvestres, servidos en la rusticidad de una hoja caída del árbol.
Forjé en mi inconsciente la certeza de jugar a lo que hoy elijo, con incontables cantidades de alumnos invisibles, cuadernos, tizas, pizarrones, actividades y canciones. 

Así, con el aire envolviéndome el pelo, con el sol reflejándome en la cara, con las manos manchadas de barro y tiza y la definida educación de mi madre docente es que comencé a leer el mundo, mi mundo, y a construir un futuro inconsciente, el mismo que intuyo ahora, una década después.

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